top of page

Cantando con las manos

Samuel Torres con la Orquesta Sinfónica Javeriana en la inauguración del edificio Gerardo Arango S.J.

de la Pontificia Universidad Javeriana

 

El Aula Múltiple del nuevo edificio de la Facultad de Artes de la Javeriana tiene algo especial, pocos artistas han pisado su escenario, pocas músicas han inundado su aire; y por eso cada vez que hay un concierto, el público se puede sentir como parte de algo verdaderamente nuevo, es realmente la primera vez.

 

Este concierto inició como todo debe empezar, con la música de Johann Sebastian Bach; en esta oportunidad con el concierto para dos violines en Re menor BWV 1043.

Una orquesta pequeña, un clavecín y los violines de Nicole Ávila y Víctor Díaz; nos dieron una muestra de la belleza infinita que puede alcanzar la música de Bach. Por más simple que parezca, siempre tiene algo más, hay algo en el fondo que aún espera a ser descubierto, a ser escuchado. Por otro lado, nos demostraron que para hablar con la música lo último que se necesitan son palabras; pero yendo un poco más lejos, los solistas hicieron evidente que cuando se hace música en conjunto, no se trata simplemente de una conversación; se sintió como si un violín estuviera completando lo que el otro decía, le daba la fuerza al otro para terminar lo que quería decir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Terminado el concierto de Bach el escenario comenzó a transformarse; más músicos entraron al escenario para transformar la orquesta barroca en una orquesta de cuerdas del siglo XX, el clavecín se fue, y las seis congas y el cajón fueron acomodadas en su lugar. Mientras todo esto sucedía, el público seguía acomodándose y mucha emoción se empezó a sentir en el ambiente.

 

Por fin llegó el momento, salieron al escenario Samuel Torres -con sus maracas en una mano- y Luis Guillermo Vicaría, el director de la orquesta.

 

La obra que interpretaron se llama Cíclica, compuesta por el mismo Samuel Torres. Fue estrenada en Londres en el 2011, y el pasado 15 de octubre (¡cuatro años después!), tuvimos el honor de hacer parte de su estreno en Colombia. Esto debemos considerarlo como un verdadero privilegio, pues no todos los días es posible ver a compositores -de la talla de Samuel Torres- que interpretan su propia música al lado de una orquesta.

 

Antes de iniciar el concierto Samuel dio una pequeña explicación de lo que representa esta obra, se llama Cíclica por los ciclos de la vida, y es la historia del camino de la raza negra en su viaje a Colombia. Esto fue evidente desde que empezó a sonar la música, y de nuevo las palabras dejaron de ser necesarias, ahí estaba todo escrito en la música.

 

El primer movimiento se llama Nostalgia, y lo mejor de este movimiento es que la melodía la hacían las congas, sí, las congas. Mientras esto sonaba cerré los ojos, y en mi mente dejaron de existir las congas y comencé a escuchar una marimba, sonaba como un canto negro. La orquesta por su parte, estaba dibujando el paisaje, pero no solo el paisaje geográfico; también el paisaje de los sentimientos, del trabajo, de la vida.

 

Ese paisaje de pronto se transformó en baile, y así llegó el segundo movimiento, Viaje adentro. En ese momento me di cuenta de que los lenguajes de la música son tan amplios que no hay nada que no se pueda decir: En el siglo XVIII, Haydn usó una orquesta para escribirle una sinfonía a Londres; en el siglo XIX Dvorák también usó otra orquesta para describir al “Nuevo mundo”; hoy Samuel Torres vuelve a usar a la orquesta para hablar de la raza negra y su llegada a las Américas. Simplemente no hay nada que no se pueda decir, incluso con los mismos instrumentos.

 

En este movimiento pudimos ver cómo se dibujaba un nuevo paisaje extraño y desconocido, pero en el que también se puede bailar, también se puede vivir. Al final, Samuel se quedó solo con sus maracas, incluso en un momento pareció que las maracas se hubieran quedado solas, sonando, y él era solo un intermediario que permitía que sonara la música que estaba en el aire. La música es lo que más importa, la música siempre gana.

 

Las transiciones de un movimiento a otro eran muy orgánicas, de un momento a otro cambiaba la luz del ambiente y todo empezaba de nuevo, entonces de la nada surgió el tercer movimiento, Encuentro. El inicio de este movimiento sonó al amanecer de un pueblo negro, con sus actividades, con su ritmo. También era impresionante escuchar cómo las congas sonaban igual que un conjunto tradicional de tambores. Al final de este movimiento, en el solo de congas más deslumbrante que he presenciado en mi vida, no podía creer el hecho de que las congas pudieran sonar así, hasta ese momento no creía posible que se pudiera cantar con las manos.

 

En medio de ese solo, en el que simplemente era imposible respirar, llegamos a Tierra Luz, el cuarto movimiento. Sonaba al afán del nuevo mundo, con todo su frenesí. Había demasiada energía en el ambiente, salía de la música y se notaba en los rostros de todos los músicos de la orquesta, el solista y el director; era imposible contenerla.

 

Cuando se acabó el concierto, realmente no sabía qué estaba sintiendo y después pensé en una frase de Glenn Gould que dice: “The purpose of art is not the release of a momentary ejection of adrenaline but rather the gradual, lifelong construction of a state of wonder and serenity”1.

 

Creo que este concierto fue una mezcla de todo lo que menciona Gould. Sí hubo momentos de adrenalina pura, pero que no se quedaron simplemente ahí, sino que construyeron una obra maestra que será imposible borrar de la memoria.


1 Gould, Glenn. Gelnn Golud, A State of Wonder: The Complete Goldberg Variations 1955&1981. Sony Music Entertainment Inc.

Atardecer en el Edificio Gerardo Arango S.J de la Pontificia Universidad Javeriana

Foto: María Bulla

© 2023 by Name of Site. Proudly created with Wix.com

  • Facebook App Icon
  • Twitter App Icon
  • Google+ App Icon
bottom of page