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Una perla irregular

El contratenor Leonardo Palacios en la serie de Jóvenes Intérpretes en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango

Recuerdo la primera vez que escuché a un contratenor. Fue hace un año en un concierto de música barroca en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá. Era Tim Mead, interpretando junto a la soprano Marisú Pavon yCombattimento Consort de Ámsterdam, el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolessi. Fue un momento especial e inolvidable, que me hizo enamorar para siempre de las voces de unos personajes únicos e inigualables. Esa misma sensación la reviví en el concierto de Leonardo Palacios; su voz la asemejo con el términobarroco, que viene del portugués “perla irregular” -pero nunca en un sentido despectivo- pienso que es una perla irregular porque es irrepetible, distinta y especial. Capaz de sobresalir por su simple naturaleza.

 

La primera parte del concierto estuvo dedicada a la música del siglo XX, especialmente al repertorio francés. Poulenc abrió la velada. Con especial agrado recibí su espíritu francés de pleno inicio de siglo; el espíritu de Les Six. Las melodías sutiles y delicadas se mezclan con las texturas elaboradas del piano, hacen una combinación única. Es música llena de luz, música de la vida, del trabajo, del campo y del hogar; nada que no podamos ver ni sentir. Está allí, y lo único que debemos hacer es abrir los oídos, la mente y el corazón; hay que dejarse atrapar por ella. Ravel también estuvo presente aquella noche; francés, pero con un espíritu distinto, más elevado, menos terrenal, igualmente hermoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las piezas que más disfruté en esta primera parte fue Orpheus with his lute, de Ralph Vaughan Williams. Pienso que fue como una perla brillante en medio de otras más opacas –pero no menos bellas- un momento para simplemente disfrutar y dejarse invadir por los sonidos. Sentir miles de emociones sin preguntarse por qué.
 

En el intermedio puse la mirada en el público y noté que la sala casi se llenaba por completo. Es increíble que alguien tan joven, a sus veintiún años, haya hecho algo tan grande. Cada persona en la sala era una representación, una manifestación del esfuerzo construido con las manos y con el corazón. Leonardo Palacios es un artista, en el amplio sentido de la palabra, un ejemplo, digno de reconocimiento.

 

Cuando los artistas volvieron al escenario casualmente mis ojos estaban cerrados. La música empezó, y sentí que la voz se desplegaba con una flor con todo su esplendor en medio de una pradera verde y vibrante. La música era de Henry Purcell, An evening hymn. Más allá de las convicciones religiosas de cada persona, la sentí como una plegaria, un canto a Dios en medio de la naturaleza; música pastoral. La  música vocal es contundente, con la letra puede expresar cosas que en la  música instrumental fácilmente estarían sujetas a la interpretación personal, tal vez por esta razón los compositores tienen gran interés en este género, es difícil esconder el pensamiento.

 

Una de las cosas que más admiro de los cantantes es su actitud camaleónica. De un momento a otro cambian de actitud y con un gesto lo dicen todo, pueden hablar con el cuerpo. Eso mismo siento con los idiomas. Siempre he pensado que no hay forma de decir lo mismo en dos idiomas distintos, la lengua muchas veces determina el pensamiento. En esta segunda parte del programa –dedicada a la música más antigua- cada pieza cantada en un idioma distinto me transportaba a miles de lugares diferentes, me hacía sentir emociones distintas. Cada idioma trae con él un aire distinto.

 

Aquella fue una noche para disfrutar, para sentir mil emociones y viajar por el mundo a través de un hermosa voz, distinta, especial. En el rostro de Leonardo –a pesar de la teatralidad que exige el ser cantante- siempre noté una expresión de alivio y tranquilidad, de aquél que está disfrutando cada instante en el escenario. Cada momento de la noche fue precioso y cargado de emoción, incluso por momentos sentía que el sonido no venía de él, sino que salía de cada rincón de la sala y ocupaba el mundo entero. Al final del recital, el padre del artista subió con dos ramos de flores al escenario, estoy segura de que en el abrazo  a su hijo, más de uno –incluyéndome- tuvo que contener las lágrimas de emoción. Sin duda un momento emotivo.

 

Que su vida esté llena de música, es mi único deseo para Leonardo  Palacios, un ser humano lleno de talento, carisma y amor. Tanto en el arte como en la vida, las diferencias entre cada persona hacen de cada quien un ser único, especial y necesario. Vivimos en un mundo en que la homogeneidad se asemeja con lo que está bien; la similitud se ha convertido en una enfermedad. Qué bello sería el mundo si todos fuéramos seresbarrocos, perlas irregulares; poniendo lo mejor de cada uno -aquello que nos hace diferentes- al servicio de nuestros hermanos.

Clavicembalo - Colección de instrumentos musicales

Museum of Fine Arts - Boston MA

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