
El Mundo de Satie
Comentario acerca del libro
"El Mundo de Satie" de Robert Orledge
El mundo de Satie
Orledge, Robert. 2002. El mundo de Satie. Buenos Aires. Adriana Hidalgo editora S.A.
“… pensaba en la música casi como un acompañamiento para la vida.”
Robert Orledge
Aquél que lee un libro de historia cree saber todo sobre el pasado, de dónde venimos y hacia dónde vamos; pero esos libros nos han negado la posibilidad de ver lo más hermoso que hay detrás de toda historia: nadie sabe si lo que dicen es cierto. Por eso, ante la imposibilidad de conocer la verdad acerca del pasado, creo que los libros de historia no deben ser contados por un narrador tácito que nos limita la imaginación, sino por quienes fueron sus verdaderos artífices, y por tanto, protagonistas. Así es este libro, donde distintas versiones y visiones del mismo personaje se unen para que cada quien pinte su propio retrato de Erik Satie, un compositor que vivió en una época en que la vanguardia de pensamiento era un requisito para sobrevivir.
Católico y comunista. Son dos palabras que no suelen encontrarse juntas en la misma persona, pero creo que son una buena combinación si de Satie se trata. Era tan católico como para usar trajes de terciopelo iguales todos los días, ser el más cortés a la hora de hablar, tener una caligrafía perfecta en sus telegramas, y tan comunista como para detestar los teléfonos, no adaptarse a los conservatorios, ser los pies su medio de transporte predilecto y vivir a punto de la indigencia. Pero sobretodo era un comunista de pensamiento y sus amigos lo conocían como el precusor, en palabras de Louis Durey: “(…) ese inventor capaz de mantenerse apartado de todas las escuelas e incluso de borrar sus propios hallazgos cuando sentía que podían convertirse en presa de algún otro colega (…)”… un comunista que no se conformó con el socialismo.
Al hablar de sus amigos me siento como narrando una escena de la película más surrealista de Woody Allen, Medianoche en París. Nombres tan grandes como los de Breton, Milhaud, Poulenc, Cocteau, Stravinsky, Man Ray y Debussy, hacen parte de esta interminable lista que nunca permaneció igual gracias a la explosiva e infantil conducta de Satie cuando de amistades se trataba; pero esa personalidad le permitió –sin importar su situación socioeconómica- mezclarse con facilidad en cualquier círculo de personas y tomar un lugar muy importante entre ellas. Estos lazos de amistad fueron también responsables de innumerables colaboraciones artísticas que hoy toda la raza humana debe agradecer. Mi cabeza y mi espíritu se deleitan de sólo pensar en cómo fue el estreno de Parade, ese ballet que nació de una historia de Cocteau, el arte de Picasso y la inigualable música de Satie.
Creo que la música de Satie la pude leer mientras en mi mente las palabras de sus amigos tomaban forma, es un espíritu único y sincero que permanece inmutable en imágenes, sonidos y palabras. Cuando al final del libro, Satie estaba muriendo a causa de su alcoholismo, sentía que lo conocía mejor y una parte de mí sentía ya su ausencia; sé que suena algo absurdo, pero así es el arte, los sentimientos están por encima de la razón. Todos debemos crecer en el arte a nuestro modo sin importar lo que diga la sociedad; eso aprendí de Erik Satie, un pianista poco querido por sus maestros que nunca tuvo miedo de pensar, el tabú del mundo moderno.
El autor, Robert Orledge, es un investigador y músico británico que se ha convertido en una especie de detective de la vida de los compositores franceses del siglo XX; no sé si es el más cuerdo de esta historia por haber mediado y aclarado las distintas historias y versiones del Mundo de Satie, o el más atrevido por haber dejado hablar a todos estos personajes a través de sus diarios de viaje, cartas, libros y entrevistas. Es sin duda un apasionado por la historia que nos mostró el otro lado, el lado prohibido, el que el poco curioso no quiere ver.
Al final, creo que puedo pintar mi retrato de Satie. Es impresionista y todos los grandes pintores han puesto algo allí. El fondo del lienzo lo hizo van Gogh, pintó una noche estrellada y bohemia, como las que recorrió a pie Satie cada vez que perdía el tren. Renoir y Monet llenaron el paisaje, muestra de la risa oculta de Satie, tan pícara como trascendental. En el centro está nuestro personaje, solitario y pensativo, pintado por Degas. Toulouse-Lautrec, para completar la imagen de funcionario burgués, pintó sus anteojos y su sombrero. Y en el último renglón, al lado de estas grandes firmas está una nota de su amigo Louis Durey, “… su contribución al edificio fue una piedra de dimensiones reducidas, pero una piedra de la más pura y brillante blancura.”
Satie no pudo cambiar el mundo –ni tuvo la intención de hacerlo- su única obsesión fue llenar de sonidos su propio mundo.

Marcel Duchamp
Rueda de Bicicleta
Museum of Modern Art - MoMA
New York City - NY